jueves, 15 de mayo de 2014

Entre el cielo y la tierra

Gilda vive con VIH hace veintiocho años. Cuando contrajo esta enfermedad, corrían los primeros años de la historia del SIDA en Argentina; un virus conocido como la Peste Rosa sobre el que no existían tratamientos ni información. Ella tenía diecisiete y decidió defender los derechos de las personas con VIH. Mucho tiempo después, casi al borde de la muerte, se hizo usuaria medicinal de cannabis; descubrió otra forma de vida donde la comunidad, el activismo, la siembra,  la autonomía para curarse y ayudar a otras personas enfermas son formas de resistir a las limitaciones de la institución médica y la penalización de una planta prohibida por intereses económicos y políticos. Este documental cuenta la historia de vida de Gilda tomando como punto de partida su experiencia de sanación y participación política.

Dirección y producción: Natalia Castro Gómez
Fotografía y cámara: María José Echeverri
Montaje: Adriana Conrado
Con el apoyo de: Universidad Nacional Tres de Febrero, Salud Cannábica Argentina, Colectiva Féminas Festivas

Cortometraje

Salud cannábica/ Gilda Colman from Natalia Castro Gómez on Vimeo.

Crónica audiovisual que cuenta la historia de Gilda Colman, una de las personas que más tiempo han sobrevivido al VIH en Argentina, su ruptura con la institución médica patriarcal y la lucha por el derecho al uso medicinal de cannabis a través de Salud Cannábica Argentina.

Este vídeo hizo parte de la muestra internacional del Festival Volarte, realizado en el 2013 en Santiago de Chile.

Dirección: Pilar Pedraza y Natalia Castro
Cámara: Raúl Ruíz Rivera y María José Echeverri
Montaje: Adriana Conrado

martes, 13 de mayo de 2014

Gilda


Gilda Colman nació en Buenos Aires el 25 de julio de 1970, creció en hogares de menores en compañía de su hermana Rosa. Beatriz, su mamá, las llevaba con frecuencia para sobrepasar las crisis económicas que le impedían sostener a sus dos hijas. Allí afinó su sentido de sobrevivencia, sopesó lo femenino y lo masculino, construyó una personalidad rebelde y a la vez retraída que compartía con Rosa, su cómplice y amiga. 

Su casa quedaba en Constitución, cuando estaba triste y quería escapar de los conflictos familiares, se refugiaba en la calle. Quince años, remera y jean, una plaza, un tren, el silencio. Caminar como fórmula para canalizar la energía desbordada, como experiencia de libertad.

Corría 1985, época de cambios sociales y culturales; la democracia llevaba pocos años y los jóvenes seguían siendo catalogados como hippies y drogadictos, víctimas de redadas policiales que asediaban la 9 de Julio. Una tarde de derivas urbanas, Gilda llegó hasta El Obelisco, allí encontró a varios chicos y chicas tomando cerveza, fumando y cantando, hizo contacto con uno de ellos y probó por primera vez las pastillas. A partir de ese día su vida y la de Rosa cambiarían; su nuevo amigo vivía en el Hospital Borda, lugar al que irían a visitarle encontrando un refugio para escapar de la sociedad que decidía por ellas, les discriminaba y maltrataba:


- Durante varios años entre y salí del Borda como si nada, era mi casa, mi refugio. Era el lugar donde nadie me lastimaba, por el contrario, los que me lastimaban estaban afuera. Compartían conmigo la comida, un mate, un pan, historias de vidas, algunas muy dolorosas pero ricas, todavía esas historias tenían vida-, recuerda Gilda.

  

También recuerda los cigarrillos Jóquey Club que le robaba a su madre para fumar en la cantina del Borda, donde se juntaba con “los locos” a jugar damas y tocar con la guitarra canciones de Sui Generis o The Beatles; ellos la cuidaban y, al caer el sol, le obligaban a regresar a casa. Las noches en el Borda eran habitadas por personajes de la nocturnidad porteña; peleas, fiestas y drogas, refugio de trabajadoras sexuales, taxi boys y maleantes. Al día siguiente, la locura, la sobre medicación, los electroshocks, el abuso de autoridad, el hambre, el frío y la indiferencia estatal y social seguían protagonizando la cotidianidad de la institución médica.

-Sé que todo esto puede sonar “loco”, y tal vez lo sea. Tenía 15 años Estaba rotulada con un cartel que decía “Menor con Problemas de Conducta”, me sentía igual a ellos. Todo aquello que sale del orden establecido, estipulado, de la regla, de lo dictaminado, lo enseñado, se lo denomina “A-normal”, para muchos yo también era A-normal.



Con sus amigos del Borda Gilda usó por primera vez drogas inyectables; ellos se drogaban, ella insistió, al fin y al cabo "lo que veía quería" y no había mucho que pensar.  Así contrajo VIH. Meses después, su hermana Rosa, contrajo la misma enfermedad. Corrían los primeros años de la historia del SIDA en Argentina; un virus conocido como la Peste Rosa sobre el que no existían tratamientos ni información. Era considerada  una enfermedad de homosexuales; la culpa y la ignorancia hacían que los portadores fueran discriminados y muchos murieran sin que existieran medios para ser tratados. 

Gilda quiso seguir viviendo como si no pasara nada, la enfermedad se hizo parte de su vida. Mientras era medicada y debía sobrellevar la extenuante trama burocrática de la institución médica, creció, estudio Sicología Social, se enamoró, y encontró en el activismo por los derechos de las personas con VIH un espacio para poner su rebeldía. Era un momento decisivo para la historia del VIH en Argentina, los enfermos de VIH salían a la calle a reclamar derechos y reconocimiento. En la periferia de Buenos Aires, Gilda, una de las  personas con VIH que más tiempo han sobrevivido a la enfermedad, lideró estas reivindicaciones. 


Encontrar

Un día, mientras participaba en un congreso de SIDA conoció a “la Negra” Edith Moreno, activista de Córdoba que le habló de su experiencia como usuaria medicinal de cannabis y le regaló doce semillas. Tiempo después  hubo un punto de giro: Gilda sufrió una descompensación de salud y cuando todo parecía más difícil, aparecieron personas que le invitaron a probar la planta de cannabis. Para ella se trataba de una droga más, con las que había jurado no volver a tener contacto. Pasó algún tiempo para que Gilda aceptara a la planta como enfermera; fumó  por desesperación y plantó las semillas que le había regalado Edith Moreno. La Negra murió un año después, nunca supo que en la periferia de la capital, sus  semillas sanarían a otra mujer enferma.

La Negra Edith. Hoy, una organización cannábica de Córdoba lleva su nombre.

El problema no radica en la planta, ella conoció a un montón de amigos que fumaban por razones lejanas a la delincuencia y el narcotráfico, cultivadores que buscaban sanación y una forma de vida fuera de los marcos del capitalismo y el individualismo, siconautas que le enseñaron a sembrar y descifrar los secretos una planta usada en toda la historia de la humanidad, a entender los ritmos de la naturaleza, donde es necesario morir y regresar a la tierra para mantener el equilibrio.

Divulgar


El activismo por el VIH se conjugó con el activismo cannábico, los usuarios de cannnabis salían a la calle a exigir sus derechos, de nuevo Gilda abanderaba una polémica causa que comenzaba a debatirse; era necesario hablar de cannabis medicinal, era necesario sembrar, hacer la propia  medicina, era necesario que las mujeres pensaran su rol en el mundo cannábico y usaran la planta para su autonomía y sanación. Convencida de que la información permite la liberación, creó Salud CannábicaArgentina, una página en la web donde publica información y experiencias sobre el uso legítimo del cannabis en diferentes épocas y culturas; un grupo de personas que acompaña a quienes buscan el cannabis de forma medicinal: enfermos de cáncer, de reuma y los azares cotidianos  reciben y dan semillas, aprenden a preparar aceite, a politizar una prohibición que se desliza entre la violación de los derechos civiles de quienes quieren fumar por libre albedrío y quienes, como Gilda, defienden el derecho fundamental a la salud. 

Pomadas de cannabis y aceite de Rick Simpson 

Hacer un viaje

La casa de Gilda es una herencia materna, siempre se escuchan los perros y los pájaros. Allí murieron su hermana y su madre. Desde entonces, pinta en las paredes, una genealogía donde todo es posible: volar de la mano de Rosa, viajar a la Playa, recordar a los perros que la han acompañado. Cuando es de noche, agarra su cámara fotográfica y con el dedo a punto de disparar captura los destellos de seres que sobrevuelan las cabezas sin que nos demos cuenta. Son  rojos, intangibles, pasan desordenados y veloces. ¿Son hadas?, ¿Son energía? Son otras formas de vida que Gilda reconoce, como las plantas o las lombrices que nutren la tierra, invisibles a los ojos. Como la muerte, atemporal y necesaria. 


Un día cualquiera, como aparecen y desaparecen los destellos rojos de luz, encontró a tres hermanas de la línea paterna. Las familias les habían prohibido verse y nombrarse, pero su hermana menor la venía siguiendo desde hace algún tiempo por las redes sociales. Sabía de la muerte de Rosa y Beatriz, de la enfermedad y el activismo de Gilda. En septiembre de 2013, Gilda viajó a Córdoba para unir los hilos sueltos del pasado: ver a su conflictivo padre, de quien guardaba muy pocos recuerdos, buscar la memoria de “la Negra” Edith Moreno y divulgar su mensaje como activista y usuaria medicinal de cannabis. Mientras el viaje cambia de manera inesperada, Gilda Colman emprende su propio viaje espiritual y político.






domingo, 15 de septiembre de 2013

Nosotras

Somos un equipo que se conformó a partir del apoyo mutuo con los trabajos prácticos de la maestría Periodismo Documental de la UNTREF en Buenos Aires. Maria José es de Armenia, región cafetera donde estudió Comunicación social y periodismo apasionándose por la fotografía. Adriana es de Barranquilla, territorio marino que la inspiró a ser  artesana de imágenes, montajista y documentalista. Yo soy del trópico caleño, estudié Historia y a través del feminismo descubrí que quería escribir historias de vida de mujeres. La participación en diferentes colectivos de trabajo de arte y comunicación independientes, me llevaron a buscar un espacio de aprendizaje para explorar formas de investigar y narrar realidades a través de la imagen. En la exploración de universos femeninos, plantas y sanación en Buenos Aires, conocí a Gilda Colman y comenzamos a hacer este documental. También colaboran con este proyecto el camarógrafo y montajista mexicano Raúl Ruiz Rivera y la cineasta colombiana Pilar Pedraza, gracias a ellos por su generosidad y apoyo. 


María José Echeverri: http://www.flickr.com/photos/mojitos_photos/
Adriana Conrado: http://adrianaconrado.tumblr.com
Natalia Castro Gómez: http://www.traxmisionesdelsur.blogspot.com.ar/
http://missyonqui.blogspot.com.ar/